José de Nordenflycht
La física nos enseña que la palabra transducción es la transformación de un tipo de energía en otra. De alguna manera metafórica, pero a la vez bastante literal, lo que podríamos entender como patrimonio es el resultado de la transformación energética de ciertos objetos con los que los sujetos establecen una relación. Y de esa relación, siempre más afectiva que intelectual, aparece una valoración posible.
Esta manera de comprender el fenómeno de lo patrimonial es lo que podemos observar en las pinturas de Mara Santibáñez, en tanto sus imágenes pintadas funcionan como transductores. Bajo el título de “Patrimonio”, lo que ella propone en los muros de esta sala son unas pinturas que paradojalmente no ilustran el patrimonio y que no lo traen a nuestra mirada desde la legitimidad habitual que le dan a esa palabra sus alusiones a las reliquias o antigüedades. Sus imágenes pintadas no nos imponen formas reconocibles en atributos históricos, siempre cooptados por las narrativas del poder de turno. Lejos de ello, lo que sus imágenes pintadas dan a ver es como los sujetos podríamos construir nuevas relaciones de significación y, por tanto, nuevas valoraciones sobre aquello que podría funcionar como patrimonio, una condicionalidad que depende de un futuro imaginado y deseado, que dista de ser estático e inmarcesible. Por lo que a través de sus imágenes pintadas no se intenta proponer un mensaje literal, más bien nos invita a liberarnos de él a través de una mirada que interroga al poder de la representación y sus abusos. Fuera de un cálculo que abandona las certezas y se instala desde la vereda de un patrimonio que es creativo, nunca reactivo.
De este modo las imágenes que contienen estas pinturas, sugeridas en la disposición de su montaje para esta sala, se revelan en tres series que se agrupan en torno a estas agencias transformadoras.
En la primera serie las imágenes son transductores del paisaje como un espacio delimitado por la producción agrícola en retículas conformadas por la rentabilidad ordenadora del territorio. Cerros con surcos verticales cual cicatrices y plantaciones que despliegan el artificio de su orden entre plásticos de brillantes colores. Todas huellas del momento fugaz en que la crisis hídrica evidencia un momento geológico que algunos llaman Antropoceno.
En la segunda serie las imágenes operan como transductores a través de la comparecencia de las animitas, esos cenotafios de nuestros caminos que nos someten desaprensivamente al insondable metafísico de la muerte, el que se intenta derrotar con la conciencia del recuerdo convertido en la memoria colectiva de todo el que por ahí transita. En estas pinturas comparece la habitabilidad de imágenes religiosas y paganas, que conviven en estas casitas coronadas con cruces y figuras religiosas, albergando la presencia de corporalidades ausentes.
En el tercer grupo de pinturas algo podría resultarnos más literal, en tanto en una se percibe la figuración de una torre de conducción eléctrica y en otras el follaje de un árbol. Por su lado la torre transmitiendo la energía con todo su poder vibrante, contrapuesta a un cielo nuboso dibujado por la contención de polaridades. Por otro lado el follaje arbóreo como índice de una raíces que se adivinan irrigando vida venciendo la gravedad, igualmente recortado sobre nubes. En ambos casos evidenciamos como la electricidad es un fenómeno físico que, en nuestro afán por controlarlo, lo hemos convertido en cultural.
Pero queda una imagen más.
Bajo el cielo improbable de un país por venir hay un muro ciego del cual aparece un plinto que no soporta nada, el que como testigo temporal de una tensión entre iconolatría e iconoclasia invoca nuestras más grandes paradojas patrimoniales recientes. La primera es la paradoja de la superficie: mientras al patrimonio se le niega su rayado se le propicia su cobertura, en donde lo uno y lo otro son prácticas que aceleran la obsolescencia de la superficie. La segunda es la paradoja del sentido: mientras el patrimonio no se transmite se transforma, por lo que la conciencia sobre el valor es más inestable que su materialidad. La tercera es la paradoja de la imagen: mientras al patrimonio no se le debe manchar si se le debe pintar, y siempre se pinta manchando.
Esta última paradoja es toda una lección de pintura, en la cual la referencia a los paisajes pintados por otros cuando recién estaba enhiesta sobre ese plinto la figura ecuestre de un militar, como vemos en Juan Francisco González y Ramón Subercaseaux, atendieron a las luces del cielo y su color local. Ahora nuestra atención está en otro inquietante vacío, el que está bajo el cielo. Un hiato patrimonial para algunos. Un patrimonio en transformación para otros. En medio de lo cual las imágenes pintadas por Mara Santibáñez movilizan la transducción formal y sensible que las hace funcionar como patrimonio.
Texto curatorial para la Exposición: Patrimonio. Centro Cultural Montecarmelo. Santiago. Mayo 2022
Publicado en De Nordenflycht, José. Variaciones Patrimoniales. Ediciones Altazor, Chile. 2023.