José de Nordenflycht
Una definición mínima de la pintura como arte dirá que ésta es el resultado de una mancha sobre una superficie, cuya voluntad formal es reconocible por sus bordes.
Mientras que una definición máxima del arte como pintura nos dirá que todo lo pintado es siempre un borde manchado.
Creer en una u otra -o las dos juntas- no es un asunto de quien mira, más bien de quien pinta. Y como en una exposición se viene a mirar y no a pintar, al cruzar por primera vez el umbral de Galería al Cubo, cada uno de nosotros comparece con sus propias manchas, bordes y superficies, para mirar lo que propone en sus pinturas Mara Santibáñez Artigas.
Sus mínimos son imágenes construidas desde pinturas que se posan levemente en pesados muros apenas iluminados por los vanos de un recinto en que estarán albergadas. Aquí la conquista del soporte es la voluntad de la artista, pero también la complicidad de quienes sitúan a sus obras y las da a ver a otros. Un programa de trabajo cuyo propósito inaugural solo se podría asomar al mundo con la convicción de aumentarlo con más arte.
En un primer grupo de estas ficciones aumentadas nos encontramos con vulcanizaciones al borde del camino. Las que curiosamente nos recuerdan que los autos si se cansan. Y que su primera fatiga de material es aquella que combate la inercia del roce entre inorgánicas plasticidades y la rigidez de las superficies con la cuales fricciona. En un contacto que acelera nuestras consciencias con la suavidad requerida, para que ir de acá para allá no demande el trabajo de nuestros cuerpos. Bajo lo cual quedan manchas que testimonian frenazos, aceleres y todo tipo de maniobras. Cuestión de manchas, bordes y superficies, al fin.
Otro grupo de sus imágenes nos trae a la mirada unos árboles singulares. En los que su altura vegetal sube por troncos que exhuman cáscaras de una prehistórica piel. Un poco melancólicas cuando creemos ver en ellas palmas, más cercanas cuando nos damos cuenta de que son palmeras. Palmeras encarnadas, por cierto, otro asunto pictórico de fuste.
Y mientras la definición de unos mínimos nos distrae con la iconografía de una pintura, la definición de sus máximos nos lleva a otro lado. Ese que acá se nos propone como el residuo o escombro de unas plantitas que crecen resilientes en los bordes de una artificialización que intenta ordenar la natural composición de todo lo que está más allá de la piel de los sujetos. Ruderal es su nombre, que viene de la vocación latina ruderis, usada para definir a los escombros.
Unos que se crecen en las orillas de los caminos, vida suspendida en medio de lo inorgánico. Naturalezas vivas en medio de paisajes sacrificiales. Los que revelan que si la orilla de las cosas se nos aparece en el desvío del camino, es porque creemos que el centro siempre es la ruta correcta. Por eso nos afanamos en dibujar mapas y planos. Pero si de tanto ir por el centro nos terminamos desviando, entrando en rutas descentradas por sus bordes, como un túnel, al que se entra con certeza derecho a la oscuridad por la promesa de luz que llega siempre al final, para deslumbrarnos con esos marcadores que son los vigorosos y vibrantes pétalos anaranjados de los dedales de oro, flores de esa estirpe ruderal que nos acompañan desde la infancia en la retina de nuestros viajes.
Como un ruderal en el desborde de nuestras consciencias, que al convertir los escombros en ruinas nos acerca el arte a esa relación insoldable entre mínimos y máximos de toda pintura, es a donde nos traen y nos llevan los caminos de estas imágenes que se instalan en los retornos de nuestro viaje por el interior de esta sala.
Texto curatorial para la Exposición: Ruderal (2022) . Galería Cubo, Espacio la Compañía. Valparaíso. Octubre 2022 a Febrero 2023
«Proyecto financiado por el Fondo Nacional de Desarrollo Cultural y las Artes – ámbito regional de financiamiento, Convocatoria 2022 del ministerio.»