Escrito el año 2020, publicado en: Ojo al Charqui. Escrito de pintores contemporáneos chilenos. Ediciones Departamento de artes Visuales. 2023
No pinté en 17 años.
Más bien eso pensaba, pues empiezo a creer que nunca dejé de pintar, que mi ojo nunca dejó de hacerlo.
Quizás la gracia de la pintura, y los pintores, es que tenemos un lugar común. Nuestro lugar común es nuestro ojo, nuestro punto de vista del mundo; y eso es algo que no pasa en el pintar, pasa en el ojo, sucede en el ver.
En estos años de mirar el mundo pictóricamente, he visto también, muchas obras y aprendí de ellas.
Me gusta una pintura cuando me hace salivar, me detengo, quiero entrar.
Lo primero que miro son los bordes, ahí donde la pintura se diluye puedo ver al artista que deja de ser voluntad puesta en imagen. Se suelta.
Me gusta acercarme mucho a la tela. Ver la materia que asoma, que a veces es gruesa; otras desaparece, se transparenta. Olerla.
Me gusta recorrer las pinturas con los ojos, encontrar distintos modos de entrar en ellas. Busco ir en contra del sentido de la mirada y dejar que la pintura me lleve por sus fugas. Por esto, el registro de una pintura, por muy buena que sea; nunca será, para mí, como compartir un mismo espacio con ella.
La pintura hace sentir que uno está frente a algo vivo, que mañana podría ser diferente, que no termina de configurarse, que está abierto, que varía siempre.
La pintura trasmite una cosa que impacta sensible a todos mis órganos. Tiene que ver con la experiencia que evoca, quien pintó estuvo ahí porque sintió y su cuerpo lo transmitió. Por supuesto, no todas las pinturas hacen esto, muy pocas, las que salivas.
Pienso en algunas. En las de Paul Cézanne quien me intriga por ese proceso intelectual que lleva a cabo cuando está pintando a sus Madammes, una especie de ética del desaprender continuo. También pienso en las actuales pinturas de Natalia Babarovic. Sus paisajes de finales de los 90, son para mí las pinturas que mejor hablan de Chile; sin embargo, en las actuales, los gestos rápidos que se afirman a un todo pictórico muy organizado me conmueven. En sus pinturas veo a alguien que pinta con desenfado y fe. Confía en que cualquier cosa que haga, cualquier escupo en la pintura, va a funcionar. En todo caso, si bien ella pinta con esa certeza, – estoy casi segura-, no se sostiene en un modo de hacer, en un paradigma, se sitúa en la cornisa, puede caer.
Si pienso en otros, sin duda podría mirar una y otra vez las pinturas de Juan Francisco González, Pablo Burchard, Adolfo Couve, Catalina Donoso, Camila Montero o Antonia Daiber. Hay una tradición ahí, una familia, una escuela.
Me gusta que una pintura esté bien construida, que el color funcione, que haya dolor en el óleo, que cueste, que la pintura muestre un combate donde pintura, dibujo, tema, color, donde todos, incluido autor, tienen que ceder su espacio. También me gustan las pinturas malas, pero malas malas, que de tan malas, empiezan a tener gracia. Las de colores saturados que buscan ser naturalistas, paletas chillonas, brillosas. Yo veo todo más bien gris con algunos matices de color. La naturaleza es gris.
En general, no soporto las pinturas de mucho “Tema”. Ni las pinturas ni las obras que quieren enseñarme algo o tienen una vocación moralizadora; pero en pintura, esto me parece absolutamente detestable y lastimosamente yo tiendo al “tema”. Podría decir que eso es lo único que detesto todos los días, siempre. Creo que me aburren las imágenes pretensiosas, que quieren ser virtuosas, pero que ese virtuosismo se afirma en una técnica, tampoco me interesan, las “correctas”, aquellas que son coherentes de punta a cabo, todo encaja, todo funciona en un programa predeterminado, no hay fugas, me aburren. Últimamente veo mucho gesto idiota en pintura, “portarse bien” hoy, es dibujar tontamente, pues no, no me gustan los clichés y este empieza a ser uno.
Me cargan las pinturas donde el óleo en vez de reproducir la carne, reproduce la representación de la carne en la foto, pero sin aceptarlo, sin hacerse cargo.
Para mí, la pintura se trata de un juego de aparición y desaparición del óleo. Que desaparezca cuando se transforma en lo que representa, una piel, un árbol; que se transforme en un brillo, un mechón de pelo, y que de golpe aparezca como trazo, como construcción, como óleo. Las pinturas donde el óleo desaparece mucho, me aburren. Las que no desaparece nunca, me hacen sentir poca técnica. Y esta cuestión se trata de técnica también, de saber hacer.
Saber qué me gusta, que detesto, en qué creo, es también saber qué quiero hacer y cómo quiero hacerlo. El problema es llevar a la práctica estas cuestiones.
Desde que retomé la pintura, la clave para mí ha sido encontrar un sistema que permita salirme de mí misma y mis intenciones, lo antes posible.
Aprendí de Ignacio Gumucio, que necesito rápidamente dejar de tener el control sobre la obra y comenzar a dialogar con la pintura, dejar hablar al óleo. Elaboré un método para ello: matar la tela con algún color inapropiado. Luego, dibujo acuciosamente un mapa donde voy armando no tanto los contornos como las zonas de luz/sombra/mediatinta. Después construyo un negro óptico y busco las sombras y finalmente los valores más altos. Y finalmente la pintura misma me va diciendo donde seguir. La dejo.
El sentido de tener un método, es poder esquivarlo, no empezar desde el abismo, empezar desde un reglamento que transgredir. Entonces, a veces, mato la tela, otras no lo hago; a veces dibujo, otras no; a veces comienzo con los negros, otras por las luces; desarticulo.
Pinto con la atención de no excederme. Ese siempre ha sido mi problema, con todo. Siempre estoy atenta a dejar las pinturas en el momento en que comienzo a forzar las cosas. Distanciarme, mirar como si no lo hubiese pintado yo misma. Ser el ojo de un otro.
Mis pinturas son un continuo, cada una abre la siguiente. Escapo de una cuando aparece una preocupación que me lleva a otro lugar. Necesito seguir buscando porque estuve cerca, pero no llegué. La inquietud es el motor para pintar.
A veces, cuando una pintura es un plano muy detallado, necesito que la próxima sea más abierta, contenga una fuga espacial, más atmosfera. Otras veces, cuando he exagerado en la descripción, en la próxima dibujo menos y me acerco más a la abstracción. Aunque intente, no me resulta pintar varias a la vez, pero dicen que eso no es bueno.
Cuando me preguntan por qué volví a pintar, con las exigencias y las cargas que esto implica, intento respuestas contundentes e impostadas que justifiquen el esfuerzo y lo hagan parecer razonable. Pero en realidad, yo quería mezclar colores, extrañaba la cocinería, la pasta, los aceites, el olor de la trementina, salivar. Nada como la pintura permite pensar la experiencia de ver. En realidad, necesitaba pensar en manchas, y no en palabras. Las palabras a veces se me vienen encima, no me dejan mirar.
(A Guillermo Machuca. El estremecimiento ante su muerte, cruzó este relato.)