De Memoria

El ejercicio fotográfico que acompaña esta reflexión, se trata, simplemente, de visitar un barrio, ya muchas veces visitado, como si a lo que asistiera no fuera a la experiencia del registro sino,  al encuentro con un álbum fotográfico con tomas de hace más de 20 años.

Quienes hemos superado esa barrera de años, estoy segura que compartimos esa experiencia y sobre todo, compartimos la extrañeza que esas imágenes nos producen, la extrañeza sobre los detalles que esas imágenes, casi olvidadas, conservan. Entonces, el ejercicio fotográfico, se trataba de concentrarse en esos detalles que sin la fotografía ya hubieran sido olvidados.

La fotografía gracias a su poder de dilatar el momento y de ofrecer múltiples aproximaciones, sin lugar a dudas contribuye a construir una suerte de elogio a esos elementos “nimios” que difícilmente están presentes en el recuerdo.  Se trata entonces, de hacer eco de ese elogio pero conscientes que estamos frente a un barrio en tránsito, un lugar que en pocos años ha tornado su tono señero hacia un barrio con pretensión patrimonial y desing.

Entonces, por su innegable presencia,  la fotografía ofrece un universo de situaciones y detalles que no nos entrega el recuerdo pues al ser pura superficie, nos da inescrupulosamente demasiado para ver. La fotografía no abandona, la fotografía lo salva todo de la nada.[1]  Por eso sirve como registro o como documento, sin embargo recordar consiste posiblemente en retener ciertos fragmentos de la experiencia y olvidar el resto, o en olvidar ciertos fragmentos y construir experiencia con lo que queda.  Cualquiera sea el funcionamiento del recuerdo, la fotografía es la huella de una memoria, efectivamente es un instrumento memorioso, “es una ayudante (una “servidora”) de la memoria, el simple testimonio de lo que ha sido, pero no su experiencia.”[2] 

 La idea no era fotografiar esas cosas viejas y en desuso sino trabajar desde la descripción que hace la fotografía y gracias a eso garantizar cierta objetividad, y así  ofrecer a la memoria un recuerdo, más aún, transformar cada anécdota en “recuerdo”. Sin embargo, tiendo a pensar que la memoria y el recuerdo no deben estar garantizados por esa “objetividad”.  En general, las distancias en el tiempo y el espacio van construyendo una nueva imagen, a saber, la imagen de la memoria que es, en definitiva, lo único que nos queda como referencia, y que está plagada de elementos diversos.  Nuestros recuerdos pueden ser muy poco fiables, nos gusta creer que son registros imborrables de nuestro pasado, pero cada vez que los sacamos a la luz los editamos un poco antes de volver a guardarlos. Estamos constantemente alterando nuestros recuerdos, para que el pasado no entre en conflicto con el presente.

Por lo tanto, la fotografía no es el material de la memoria, más bien documenta una experiencia, el material de la memoria es el recuerdo, que ya es un lugar común definir etimológicamente como, volver a pasar por el corazón (re-cordari). Pero el lugar del corazón (el pecho, o más específicamente, el diafragma),  para los griegos es la sede  de la mente no del sentimiento. El material de la memoria es aquello, que revisitamos pasando por la mente o los sentidos pero que  sin duda nos afecta. [3]

La fotografía escribe una nueva memoria o escribe otra memoria, pues ella no es aquello que restituye la presencia de un objeto afectado, sino la de una imagen que ofrece información sin contemplación al filtro que ponemos cuando miramos.

Barthes, poco después de la muerte de su madre lo afirmaba, “Sabía perfectamente que por esa fatalidad que constituye uno de los rasgos más atroces del duelo, por mucho que consultase las imágenes, no podría nunca mas recordar sus rasgos.”[4]

“¿Qué es un parecido? Las personas, al morir, dejan atrás, para quienes las conocieron, un vacío, un espacio; ese espacio tiene contornos y es diferente en cada muerte. Dicho espacio, con sus contornos, es el parecido de la persona y es lo que busca el artista cuando retrata a una persona viva. Un parecido es algo que se deja atrás sin ser visto.”[5]

 No son las imágenes las que nos hacen recordar, ni la memoria la que se escribe en las fotografías. Recordamos pues el olvido simplemente no existe. La imagen de la memoria es una imagen creada, construida, ficcionada y sobre todo deseable. Esa memoria que nos entregaría la fotografía es una memoria fría, una imagen todo-visible, que no faculta a la imagen de la posibilidad de entendimiento, de creación, pues de tanto que da a ver, no consiente la visualidad del recuerdo, la imagen inventada del recuerdo, la imagen que no da a pensar, sino que se entrega para construir relatos a través e la experiencia sensible, la imagen que da a sentir.


[1]“Lo que se recuerda ha sido salvado de la nada, lo que se olvida ha quedado abandonado” BERGER, JOHN Mirar.  Ediciones la Flor Buenos Aires 1998, Pág. 51

[2] DUBOIS, PHILLIP. El Acto Fotográfico. De la representación a la recepción. (1983). Ediciones Paidos, Barcelona. 1994. Pág. 25

[3] Cabe recordar que cuando en español aprendemos algo “de memoria”, en inglés y francés lo aprendemos en el corazón (Lern by heart, Par couer).

[4]BARTHES, RONALD. La Cámara Lúcida (1980), editorial Gustavo Gili, Barcelona. 1982. Pág. 115

[5] BERGER, JOHN.  Algunos pasos hacia una pequeña teoría de lo visible, ediciones ardora 4° edición Madrid, 2002. Pág. 45

Publicado: Proyecto Italia: Revista Nacional sobre Arquitectura, Arte y Diseño. Edición nª 4  Noviembre 2012

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