Informe sobre Informe-País

 Lectura crítica a la curatoría InformePaís. Nov 2011. GAM

Gonzalo Arqueros (2012)

  1. Del informe

Se puede definir y describir el informe como un “dispositivo de aminoración de la incertidumbre”. Una descripción acabada sobre su fisonomía formal y simbólica se encuentra justamente en el párrafo introductorio al relato “El informe de Brodie”, de Jorge Luís Borges.[1] El contenido de ese relato es un informe etnográfico sobre las costumbres de los habitantes de una remota región de África, que hablan un idioma sin vocales y se llaman entre sí arrojándose fango.

Borges declara en el prólogo de su libro, que el texto “El informe de Brodie” es una ficción, una parodia del último viaje emprendido por Lemuel Gulliver. “A las sorpresas de un estilo barroco, nos dice, he  preferido la preparación de una expectativa o de un asombro”.[2] El modo paródico de “El Informe de Brodie”, sin embrago, no anula los rasgos más elementales que corresponden a su género, a saber: dar noticia respecto de un acontecimiento o de una persona determinados.

De modo que leyéndolo podemos registrar los elementos fundamentales de que un informe se compone. Así como también su índole formal, siempre paradójica, o asombrosa, especialmente cuando el informe en cuestión reviste un carácter paródico o estético. Es decir, un carácter no necesaria o puramente científico o epistemológico, y donde el contenido tampoco es exclusivamente materia de hipótesis disponible sólo a la medición instrumental, a la prueba judicial o al lenguaje matemático.

A la fuente citada se puede agregar por lo menos otras dos, que ostentan en su título el término informe y que, a su tiempo, contienen indicios y señas de utilidad para avanzar en la comprensión de la textualidad de este proverbial ejercicio “de aminoración de la incertidumbre”. Me refiero sin duda a los relatos “Informe sobre ciegos” de Ernesto Sábato y a “Informe para una academia” de Franz Kafka. Los antecedentes y categorías que en los relatos citados glosan la índole formal del informe, describen sus condiciones de producción e inteligibilidad, e indican la complejidad de su estatuto textual y expositivo.

¿Pero, cuáles serían las condiciones mínimas para la existencia estética de un informe?

Debe ser un manuscrito olvidado entre las páginas de uno de los tomos de una vasta enciclopedia o de alguna obra literaria universal y haber sido hallado por la casualidad del oficio de lector. El manuscrito debe estar caligrafiado en otro idioma, de ser posible en una lengua olvidada, preferentemente latín, castellano antiguo, gaélico, árabe o algún dialecto del Véneto. La discusión sobre la fecha de redacción debe ser sugerida por indicios y marcas marginales, tales como anotaciones explicativas, correcciones u otros signos enigmáticos que testimonian la mano de su redactor y primer lector. Al pie del manuscrito debe leerse una firma que claramente revela un nombre, perteneciente a un hombre del que es casi imposible rastrear algo más que unas cuantas, pero suficientes, señas biográficas. El individuo responsable de la redacción puede ser un explorador, un militar, un marino, un misionero o incluso un desprevenido viajante de comercio, lo importante es que su informe se relacione con alguna región remota y abunde en detalles descriptivos sobre los hábitos lingüísticos, políticos, sexuales, bélicos, estéticos o gastronómicos de sus habitantes. El manuscrito debe estar incompleto, pueden faltarle páginas, pero no al grado de hacerlo completamente ilegible, puede carecer de comienzo pero no de final, el cual debe sugerir a su vez, la condición de su redactor, situado entre la demencia y la lucidez extrema, justo en el punto en que el relato coincide con la paradójica actualidad de la escritura. Este punto, siempre semejante a la entrada o salida de un laberinto, debe ser un límite para el sujeto redactor, el que generalmente se encamina a la muerte, la locura o la más absoluta soledad.

A estos elementos y rasgos constitutivos debemos agregar el efecto de interrupción del tiempo y de lúcida, u oscura, conciencia del espacio que el informe genera. El informante narrador, generalmente concentrado o distraído en las alternativas de su avatar cotidiano, es sacudido y restituido abruptamente al tiempo por algo que lo extrae de su soñolienta vigilia. Algo que lo re sitúa ante lo desconocido y lo descubre brutalmente en el centro de su existencia inaparente, normalmente suscrita al orden institucional o espacial común, que puede ser la condición de miembro de una comunidad, de funcionario del estado, de súbdito de una corona, o de simple ciudadano o lector, situado en una oficina, en la calle, en la biblioteca o en un auditorio.

De modo que el espacio, público o privado, se vuelve repentinamente extraño e infamiliar, inconmensurable, laberíntico y hostil, difícil o imposible de habitar por el sujeto, cuya incomodidad proviene del conocimiento del contenido de un texto laboriosamente descifrado, que lo hace conocedor de una información a veces horrible y prohibida, e inimaginable  para el mundo.

Materialmente el informe es un texto, un discurso que vehicula un contenido no revelado, sea secreto o público. Se acerca así, a la categoría de los espacios de confinamiento y conservación, al modo de las cajas, los cofres, las celdas.

En estricto rigor técnico se puede definir el informe como “un texto que informa”, pero, considerando que todo texto informa, éste sería uno cuya primera y principal función es hacer fluir la información, atenuando o disminuyendo la incertidumbre inicial respecto de un asunto específico. Pero el estatuto textual de un informe, es decir, si lo consideramos más allá de su contenido específico, en su complejidad de sentido, puede ser, como en el caso de los textos citados, de índole literaria, o más bien, estética. Esto quiere decir que los informes, en los tres casos referidos como ejemplares, se refieren ante todo, a su propia condición de informe, que su contenido, etnográfico, judicial o biográfico, es un pretexto para el ejercicio de su forma, y que ésta se focaliza de manera compleja sobre su estructura productiva.   

Un informe, podemos concluir, sería entonces algo más complejo que un dispositivo de aminoración de la incertidumbre. Quien informa, quien redacta un informe, organiza un cúmulo de ideas, cifras, nombres, figuras, etc. Describe un acontecimiento o un lugar, con sus señas materiales, espaciales y temporales, traza perfiles y fisonomías configurando así el retrato de un sujeto. Quien informa construye un corpus de sentido, un organismo poético, es decir, una forma en la que, al mismo tiempo, se actualiza el lenguaje y se evidencia una perspectiva de autor.

Tal es el caso de “Informe-País”, cuya primera y más elemental contextura sería la de un ejercicio curatorial temático, una convocatoria expositiva, definida en la articulación formal, visual y conceptual, entre un perímetro geográfico determinado, configurado por cuatro naciones, y el problema de la imagen de una de éstas. Un ejercicio curatorial, que parte de la elaboración, o la formulación a priori, de una incertidumbre interpelativa sobre la imagen de Chile.

Esto es, que parte por inscribir el efecto de incertidumbre que producen el territorio y la condición territorial y nacional como contenido del imaginario que sostiene la idea espacial, geográfica y política de país. El lugar exacto dónde se identifican hasta fundirse la imagen con la idea, en la forma de un nombre que ha devenido tópico y contenido del sentido común histórico, geográfico y político y sobre el cual, en general, el espectador distraído no se hace problema.

Nombre, sin embargo, repetido ahora al infinito en el “poema del nombre” que, en este sentido, sería Informe-País, y de cuya repetición, que es al mismo tiempo silenciosa y audible, latente y manifiesta, debe resultar una perplejidad fundamental, constitutiva de aquello que esos nombres inadvertidamente repiten. Y que es la forma en como la certidumbre de la condición histórica, política y territorial, se puede transformar en pregunta. Pero no en una pregunta por el contenido identitario de los países o por el origen de las palabras que los nombran, es decir, no una pregunta metafísica, sino una pregunta material, que interroga por aquello que da verosimilitud a un país, en suma, una pregunta por la  “forma”. Y en este sentido, una pregunta estética, en la medida que en ella se aloja una suerte de conciencia o voluntad problemática formal, que asume que lo que comúnmente llamamos “país” no es otra cosa que un constructo o una invención, histórica, política, geográfica: una representación.

Sobre esta condición de invención y su estatuto representacional, normalmente alojado, o más bien reprimido por una especie de inconsciente nacional que la traduce en el lugar común que repetimos y que precisamente nos hace olvidar que se trata de una invención, es que trabaja Informe-País, y este trabajo, tal como se desprende de lo que declaran sus autoras es tanto estético como crítico. Esta doble condición, estética y crítica, es clara y constantemente puesta de manifiesto, en la interpelación que las autoras hacen a los artistas de las muestras y a los participantes del coloquio. Específicamente cuando en la serie de entrevistas a los artistas visuales se plantea que el objetivo es participar en la configuración de “un relato estético”, y cuando en la presentación del coloquio “Prácticas del territorio: Arte, Crítica e Historia”, se parte reconociendo que “es un problema” lo que da cuerpo a su proyecto y que tal problema es “…el concepto de imagen-país”.[3]

No obstante, y como ya se ha hecho notar, el sentido de “Informe-País” no es resolver los problemas o dar respuestas a las preguntas que de ellos se derivan, sino literalmente, vaciar el concepto “imagen-país”, el que es formulado como “…un significante por llenar de contenido”[4], en todas sus acepciones. De aquí la importancia, para nosotros, de comprender la pertinencia de la noción de “informe”, no sólo en cuanto mengua de incertidumbre, sino principalmente como premisa interrogativa fundante, cuyo efecto es, sino el vaciamiento del significante “imagen-país”, al menos si la indicación de su vacuidad.

De aquí que la gracia de “Informe-País” consista en mantener la vacuidad del significante y trabajar en la insustancialidad de las palabras y las imágenes, de modo que los conceptos (informe, imagen, país, nación, arte, obra, territorio, paisaje, historia, política…, etc.), no sean sino nombres, y las imágenes (informe, imagen, país, nación, arte, obra, territorio, paisaje, historia, política…, etc.), figuras. Un modo ejemplar entonces de poner en suspensión el sentido y sus certidumbres para acceder a la dimensión del asombro, en el mismo registro pergeñado por Borges en su prólogo al informe de Brodie, es decir, en aquel que elabora un informe como preparación de una expectativa o de un asombro

En este caso lo incierto o asombroso sería la categoría o el significante país en su condición de imagen. Pero al funcionar también como un índice de incertidumbre, el enunciado (el sintagma) “informe país” puede devenir en la figura inversa. Tal como ocurre con aquellos dibujos de marquetería o de cuerpos geométricos simples en que, por un efecto visual, el punto de vista se desplaza o se invierte en la percepción y entonces lo profundo se ve prominente y lo prominente profundo. De esta misma manera, “Informe-País” puede poner en suspenso el sentido común de los conceptos “imagen” y “país”, y pasar de formula afirmativa a formula interrogativa, de cosa formada a cosa informe, de punto de vista a punto de fuga. Situándose así en un movimiento de constante ir y venir sobre el efecto interrogativo que nos deja la condición de “…significante por llenar de contenido”, que se ha conferido al enunciado “imagen-país”.

El espectador entonces, se pregunta si la incertidumbre que hemos referido no estaría ya contenida en la redundancia y la ambigüedad del enunciado “informe-país”. En el hecho de que ésta se pueda transferir del país al nombre y del nombre al país, ambos términos sin duda indisociables, pero al mismo tiempo asombrosamente disociados. Disociados quiere decir, separados, desprendidos cada uno de su lugar por la fuerza y el efecto problematizador ejercido como la voluntad interrogativa que las autoras han impreso al evento.

Pare ser justos con el ejercicio estético y crítico que ensaya “Informe-País” y de paso con el propio Borges, lector de Kafka, de Swift, de Melville y de Stevenson, proverbiales redactores de “informes”, debemos decir, siguiéndolo a él mismo, que, en última instancia, un informe, como cualquier otro texto instrumental, es imposible pues indefectiblemente deviene literatura. Un texto en el que se repiten otros textos, literaturas en las que se repiten otras literaturas, imágenes en las que se repiten otras imágenes.

La retórica del informe, la transcripción acuciosa del testimonio de un viajero, los aforismos del viandante, poseen ante todo el estatuto de la representación y constituyen casos de ficción. Formas literarias, de modo que un relato épico, por el mismo efecto de inversión que ocurre en la marquetería, puede devenir en la lectura, un caso de retórica instrumental o corporativa. Pero no olvidemos que es mediante la parodia, como imitación consciente e irónica, que se pone de relieve la estructura de invención de un texto, y se confronta críticamente con su forma, dejando ver su condición de ficción y su sentido convencional. Y así como Borges nos da noticia de aquellas literaturas que ha decidido como precursoras de la literatura que configuran sus propios textos y nos informa acerca de la lectura como principal operación estética y literaria, nosotros podemos informar acerca de las operaciones que “Informe-País” ejerce como curatoría. Y considerar como fundamental en éstas el efecto de inversión paródica de los términos del enunciado, cuyo rendimiento, advertimos, radica en la elaboración estética de los contenidos del sentido común histórico, político, geográfico, que se repite cada vez que pronunciamos la palabra “país”.          

2. Del país

“La naturaleza tuvo que dejar de ser perentoria para la vida del hombre para que alguien transformara el “pago”, en “país” o “paisaje”.[5]

Este breve párrafo nos ilustra sobre la serie de transformaciones lingüísticas que constituyen la formación del concepto de “país” o “paisaje”. Para nosotros ambos términos tienen un significado claro y designan un objeto sabido y preciso, pero no siempre tuvieron el carácter de tópicos o lugares comunes en nuestra lengua y en nuestra cultura estética. Como bien ha explicado Javier Maderuelo, la raíz de los términos “paisaje” y “país” es el término latino pagus con su ablativo pago.

Pago, nos dice Maderuelo, con su forma latina inalterada, es una palabra que aparece en documentos españoles desde el año 1100 y que aún perdura para referirse a una tierra o heredad, especialmente cuando se trata de viñas u olivares. Pero, con el paso del tiempo, el término pago, como expresión de la idea de lugar, fue dejando paso a la palabra país, que expresa las ideas de región, provincia o territorio y que, junto a nación, son las acepciones que actualmente posee el término país.”[6]

Sin entrar en más detalles sobre el tema, lo que leemos en el párrafo citado es una advertencia fundamental acerca la índole histórica de las palabras “país” y “paisaje” y las transformaciones que llevaron a la formación de la idea y el término “paisaje” en su acepción estética. De modo que si es posible asumir una analogía o identidad entre ambos términos, es también necesario considerar que ésta se debe a una diferencia de énfasis entre ellos.

En tanto el sustantivo “país” nombra el lugar físico o natural, el término paisaje se formó en la relación estética que se establece entre un sujeto y un lugar físico o natural determinado. Pero esta relación fue hecha posible por el arte, tal como lo atestiguan los términos en que fue inscrita en 1737 por el Diccionario de Autoridades, como “la representación de un pedazo de país en pintura”.[7]

No obstante, la plena incorporación del término “paisaje” en el vocabulario estético y artístico español fue tardía y difícil, al grado que aún hacia la mitad en el siglo XIX  no había adquirido plenos derechos de ciudadanía en la lengua. Lo relevante, sin embargo es identificar que la historia de la palabra registra el paso del término latino “pago”, al término español “país”, como expresión de la idea de lugar. Y que tanto la idea como el término paisaje, se forman en el desarrollo de una relación estética y no ya ecuménica, es decir, relativa al lugar en que el se habita, al lugar del que se es originario o laboralmente dependiente.

Lo que resulta relevante en “Informe-País” es sin duda la correlación entre los términos “informe-imagen-país-paisaje”, arrojados como dados sobre un diagrama que inserta los nombres de cuatro países que comparten fronteras de diverso tipo. Países que forman un territorio geográfico extremadamente complejo y exigido, connotado históricamente como una región remota, al borde de la ecúmene y contigua con “el fin del mundo”. Un territorio atravesado por tensiones históricas, culturales, sociales y políticas, que a su tiempo han ido determinado las imágenes características de la región, una región en la que no obstante la condición fronteriza, los tránsitos son extremadamente dificultosos.

La serie de términos correlativos “informe-imagen-país-paisaje”, producen combinatorias diversas, con rendimientos también diversos que se focalizan principalmente sobre la noción de país, noción que es interrogada como imagen y desde la imagen, en cuanto ésta es su dispositivo de mediación más ejemplar. En efecto, en nuestra condición de sujetos y ciudadanos, “país” e “imagen” son dos dimensiones que se identifican y se intercambian.

En su voluntad estética e interrogativa, en su índole programática incluso, “Informe-País” nos dice que: un país no es otra cosa que una representación, una ficción. Y si de algo nos informa este “informe”, es precisamente de la condición de representación o ficción que todo país serías. Nos invita a pensar los países Perú, Bolivia, Argentina, Chile, como ficción histórica, política, económica, geográfica, cultural…, etc. Y especialmente nos invita a pensar nuestra propia nación -Chile- en su estatuto de ficción, es decir de representación, en sus dos formas principales: visual y lingüística. Pero “pensar” quiere decir aquí interrogar, y específicamente interrogar los símbolos, es decir, las imágenes, las palabras, los nombres que representan, y con los que representamos constante y distraídamente ese organismo histórico, político, geográfico, cultural, social, biográfico, etc., que es un país. La curatoría misma entonces, en la medida que no puede renunciar a los nombres y las imágenes en su calidad de lugares comunes, pues éstos son precisamente su “material de trabajo”, apuesta por ponerlos en funciones para des-encubrir, en ello la contextura simbólica que los sostiene.

Pero, tal como hemos sido testigos en las exposiciones y aún lo somos leyendo las páginas de este libro, no se ha optado por generar estereotipos, como marcas, nombres o figuras definitorias, sino por reunir un repertorio de muy diversos materiales. Un repertorio que literalmente conforma un archivo de signos, compuesto de figuras, imágenes, señales, palabras, nombres, gestos, memorias, sujetos… Un archivo de signos en tránsito, unos signos cuya gracia es la de estar articulados formando combinatorias diversas dentro de los límites del campo del arte, y al mismo tiempo en tensión con otras perspectivas y lecturas, críticas, oficiales o no, que puedan recorrerlos.

“Informe-País”, en su perspectiva de proyecto curatorial, en su condición de archivo de signos en tránsito, responde tanto al efecto de perplejidad, como a lo indefectible de la representación. Responde a un “malestar” constitutivo y focalizado en el fenómeno de la producción de la imagen, siendo este fenómeno la bisagra que da lugar a la traducción del país en imagen y a la imagen en paisaje. Abriendo el campo del arte como el espacio privilegiado para elaborar y formular preguntas, para registrar, ordenar e informar de los elementos que las conforman y las miradas que las rubrican.       

No es exagerado afirmar que todos los artistas y participantes, extranjeros y chilenos, cual más, cual menos, han elaborado sus obras sobre el giro problemático que implica el fenómeno recién descrito en su efecto de bisagra, entendido como un mecanismo de conversión. Los términos informados, “imagen, país, paisaje”, han sido puestos a prueba en cada una de las obras, las que tienden a coincidir en el índice de complejidad formal y en el gesto de productivizar y desarrollar diversos aspectos temáticos y formales característicos. Lo cual nos lleva a preguntarnos por incidencia de las obras respecto de la convocatoria, hasta qué punto la confirman y hasta qué punto la desmienten, o qué grado de obediencia o desobediencia presentan respecto de la interpelación programática que, en cuanto curatoría, les ha presentado “Informe-País”.

En este sentido “Informe-País” resulta un proyecto sintomático, en el que quedan registrados algunos de los tópicos que atraviesan el arte chileno contemporáneo, como la reflexividad estética, la pregunta crítica por la representación, la conciencia formal de la obra, la plusvalía del discurso crítico, la expectativa de exceder fronteras formales y geográficas, externas e internas, el imperativo de incidir críticamente en la cultura.

Me atrevería a ver en esta sintomática el reverso de un imperativo épico, heredado de los relatos del arte chileno contemporáneo, un imperativo que hace sistema con la certidumbre de, “tener un país”, cómo bien dice Damián Selci en el texto de su intervención en el coloquio.[8] Se trataría, pienso, de una doble épica, del arte y de la nación -no olvidemos que se trata de un proyecto financiado por el Estado de Chile- de una épica de ida y vuelta que parece determinar tanto la gravedad de las obras como autorizar la facilidad para hablar del país y la nación.

En “Informe-País” esta épica doble es fundamental, pues suministra la consistencia a su estatuto de ejercicio estético y crítico, aquel que nos lleva a suscribir la pertinencia del campo del arte a través de la inversión de los términos. A homologar “informe-país” con “país-informe” y así mantener la pregunta acerca del estatuto ficticio de la nación. En este caso, la certidumbre de tener un país resulta fundamental para recorrerlo y cubrirlo de norte a sur con una exposición de arte que versa sobre el estatuto representacional y ficticio de las nociones de país y nación.

Difícil operación sin duda, intrincada y oblicua, pero totalmente coherente, aunque quizá sin quererlo, con el concepto de “otreo” en el poema de Yanko González citado y por Selci.[9] En su precisa e irónica exégesis del poema de González, Selci nos dice que la belleza (y en sordina nosotros agregamos que: el arte, el país, la nación…), “solamente puede existir en el otreo, en la mutación y la equivocación de la conciencia, que presupone una sustancia con la única finalidad de superarla.”[10]

Acaso “Informe-País” opera del mismo modo, suponiendo la existencia sustantiva de un país con la única finalidad de superarla, es decir, con la única finalidad de indisponerla y de pensarla haciendo trabajar el arte sobre ella. Sobre todo haciendo trabajar la imagen, liberando la imagen como un dispositivo crítico de inteligibilidad, que al mismo tiempo es lo suficientemente errático como para abrir paso a la ironía necesaria para reconocer que aquello que llamamos país no es otra cosa que un efecto de representación, una ficción histórica, política y geográfica, susceptible de ser informada en su contextura material e ideológica. Una materia primera y finalmente dispuesta al efecto formal y crítico que el arte imprime sobre las ideas, los sujetos, las instituciones, en la medida que, repetimos, no son sino  representaciones.


[1] Jorge Luís Borges, “El informe de Brodie” en Obras completas Vol. II, Emecé Editores S.A., Buenos Aires, 1996. Págs. 449-454.

[2] Op. Cit. Prólogo, en Págs. 399-400.

[3] Presentación COLOQUIO INFORME-PAÍS, “Prácticas del territorio: Arte, Crítica e Historia” Centro Cultural Gabriela Mistral, Santiago de Chile … de diciembre de 2011. En este mismo volumen Supra/infra, Págs…

[4] Ibidem. Supra/infra, pág…

[5] Francisco Calvo Serraller, “Concepto e historia del la pintura de paisaje” en VV. AA., Los paisajes del Prado, Editorial Nerea, Madrid, 1993, pág. 11-12.

[6] Javier Maderuelo, El paisaje. Génesis de un concepto. Abada Editores, Madrid 2005. Pág. 19.

[7] Citado por Javier Maderuelo en Op. Cit. Pág. 29.

[8] Damián Selci, “Nada es todo se otrea – sobre un poema de Yanko González.” COLOQUIO INFORME-PAÍS, “Prácticas del territorio: Arte, Crítica e Historia” Centro Cultural Gabriela Mistral, Santiago de Chile … de diciembre de 2011. En este mismo volumen Supra/infra, Págs…

[9] El texto original de Yanko González dice: “la belleza es griega. pero la conciencia de que sea griega es chilena. nada es, todo se otrea.”

[10] Damián Selci, “Nada es todo se otrea – sobre un poema de Yanko González.” En este mismo volumen, Supra/infra, Pág…

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