Como si fuera de noche

Texto catálogo Exposición 17:00. Centro cultural Balmaceda 1215. 2005

Gonzalo Arqueros (2005)

Y la medida del talento del artista se reconocerá por su capacidad de fotografiar de día una calle como si estuviera de noche, es decir, vacía en el extremo de su ser vacío y de su soledad.

Patricio Marchant “La guardia de la ciudad”

1.

Tal vez lo que más llama la atención en el trabajo fotográfico de Mara Santibáñez, sea la inmovilidad, la concentrada insistencia y atención en un solo punto, un solo encuadre, una sola escena.

Primero, porque al revés de lo esperable, la imagen fotográfica no es efecto de la búsqueda o de la vagancia programada del ojo, sino más bien de su detención demorada. La cámara ha sido dispuesta como en secreto, con la mayor discreción y al resguardo de las miradas para registrar puntualmente y por muchos días, la imagen del acontecer a una hora precisa en cada uno de esos días.

Segundo, porque la mirada, en vez de abrirse al espectáculo, tiende a cerrarse y retroceder en las cosas, haciendo que cada foto se transforme en el asomo calculado del sujeto sobre el mundo. Mudo asomo pues en estas fotos nada se afirma o se niega, nada se dice acerca de lo visible, nada que transforme lo visto en signo de otra cosa. De hecho nada, ningún indicio o ninguna palabra nos revela el lugar o la posición del autor…, que en este caso no es el simple operador de la cámara, sino la subjetividad intencionada que imagina, el nombre que piensa, la conciencia productiva que elabora la imagen.

Ninguna foto entonces, ninguna imagen nos restituye la certidumbre del autor, tal como si nunca hubiese habido nadie detrás del lente. Como si los términos que componen la clásica experiencia de lo visible y su representación, hubiesen sido secretamente abolidos, y entonces ya no hay autor, sino sólo espectador; y ni siquiera espectador, sino sólo ojo. Un ojo mudo que acecha, un ojo inadvertido o invisible, al modo de un espía o de un testigo casual.

Hay una decisión sin duda extrema en esto, hay una voluntad de ver que presiona sobre las cosas, un movimiento que a pesar de todo y obstinadamente insiste en lo visible, en la callada violencia de lo visible. De hecho, si observamos cada foto con cuidado, nos daremos cuenta que lo fotografiado es, al mismo tiempo, la escena y el escenario; muchas escenas y muchos escenarios, uno por cada toma, una por cada 17:00. Tal vez, lugar común demasiado atrayente, nos sintamos tentados a interpretar la serie de fotos como si éstas fueran una sola foto. Y, de hecho, lo son, en cierto sentido, pues, se trata de la repetición de una misma toma, pero una misma toma que provee muchas imágenes diferentes y muchos momentos que no son sino el mismo. Momento que, imagino, se repite muchas veces, superpuesto, como si cada uno fuese un velo tenue, una veladura transparente que se deposita sobre otra veladura transparente.

Una hebra cuidadosamente hilada y luego vastamente tejida, para ser finalmente recortada en fragmentos que se unen formando una superficie que prolifera. Una veladura hecha de recortes fugaces, de parches casuales, de instantes perdidos en la nada, en el tiempo.

2.

Es necesario tener en cuenta el trabajo pictórico de la autora, es necesario pensar en la sigilosa obsecuencia de las telas pintadas en el mismo lugar desde donde ha sido instalada y obturada la cámara. Es necesario, porque también su pintura ocurre así, como extenuada repetición de un gesto pictórico mínimo. Así, la obsesión de marcar con trabajo manual el tiempo, la insistencia en desbordar el tiempo, de agotarlo, de rendirlo al espacio. El espacio, porque lo que está en juego acá es la imagen y en ella, no sólo lo visible, lo visto, sino esencialmente lo visual. Lo visual, es decir, aquello que es esencialmente diferente de lo visible, aquello que frente a lo visible, que es simple, evidente y sin secreto, es complejo, enigmático y paradojal. Aquello que es el reverso mismo de lo visible, su espesor y contextura y que precisamente por esto “nos da que pensar”.

3.

Pensamiento del ojo entonces, pensamiento visual, divagación sutil y trabajosa, invención, creación visual que nos hace testigos oculares de lo común, de lo menor e insignificante, de lo invisible-porque-ocurre-todos-los-días, de lo invisible por demasiado visible.

Pero, cuidado, porque esta es una de las más notables y fundamentales paradojas de lo visible, un rasgo tal vez a primera vista raro, pero no inverosímil. Un rasgo que es una de las cuestiones más claves en el trabajo fotográfico, es decir, en el trabajo visual, de Mara.

Este rasgo se abre paso acá, se presenta con el oscilar de los cuerpos en el borde mismo del día, las cinco de la tarde, hora incipiente, preludio de las sombras, anticipo impar e inestable de la noche (después de las cuatro y antes de las seis.) En el plano transparente de esa precisa hora se fragmenta la imagen como cortada a cuchillo. En ese corte ingresan al cuadro las cosas, a veces pesadas, a veces incorpóreas. Algunas, como el fragmento de muro de la fachada del Internado Nacional Barros Arana, permanecen en un segundo plano. Todas las fotos la registran, esclarecida o bajo la penumbra, abriéndose paso a través del follaje primaveral o entre las ramas del invierno. Todas las fotos la repiten, ya como mancha gris ya como perfil preciso o perlado reflejo salpicado de manchas. Todas las fotos la muestran retirada, del otro lado de la calle, como símbolo de la clausura.

Lentamente han ido acumulándose las imágenes, pero no es casual que reproduzcan un borde, una entrada o salida lateral, no es casual que la cámara se asome diligente sobre esa porción inmedial del día y del barrio. No es casual que enfrente la tarde. Pero, como sugerí al comienzo, este particular trabajo visual, consistente en una especie de dispositivo del asomo, tiende a cerrarse o a replegarse sobre un punto crítico. El ojo, sin duda, la visualidad, la medida exacta o tentativa de las cosas vaciadas de todo su ser las cosas. Como si en todas las fotos lo fotografiado fuese la noche y no el día, o como si aún de día, la imagen nos mostrara en toda su extensión el modo al mismo tiempo despejado e inquietante de las cosas  cuando está de noche.

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